Naturaleza, salud y sosiego
se respiran por doquier. El aire limpio, sin
polución, desborda de puro oxigeno los pulmones
de los visitantes y revitaliza al caminante.
El paseante podrá introducirse en espacios
que conservan, todavía, en estos tiempos, el
cálido ambiente de nuestros antepasados: Tener
una conversación con alguna de las muchas personas
mayores de la comarca es como retrotraerse
a tiempos ancestrales, hablando con un vocabulario
peculiar que mezcla palabras y "palabros";
unas autóctonas y otras con influencia galaico-portuguesa
o del reino de León. Muchas de ellas moribundas
en casi toda España y que perduran aquí: Curruvielar
(molinillo de viento, especialmente los usados
para espantar los pájaros en los árboles),
pantorro (seta, especialmente grande), borrajo
(ascuas del brasero), abangar (doblar, generalmente,
hacia abajo una rama de un árbol) o esgazar
(romper, generalmente, una (gaja) rama de un
árbol) son una pequeña muestra.
Aldeadávila de la Ribera es
el único
lugar que conozco donde cualquiera puede deleitarse
por medio de los cinco sentidos.
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Vista: Admirando la majestuosidad
del Río Duero y sus Arribes.
Oído: El sonido a naturaleza
engrandece su belleza y da sosiego al escuchar.
Olfato: Con su aroma, te
saludan al pasar: carrascos, fresnos y jaras;
olivos, naranjos y parras; almendros, castanos
y prados; y, huertos floridos y sembrados.
Gusto: Las frutas maduras,
los mejores vinos, el cabrito y el cordero,
los chulos andares de nuestros cochinos,
las dulces pastas, el queso y las patatas
meneas; cada producto, por sí sólo, un manjar.
Tacto: Palpar la frescura
del agua en el Duero, allá en el Rostro,
en la Palla el agua o en la Rupurupay es
como tocar el cielo con las manos. Y, sentir
en tu piel el ambiente sereno, la suave brisa
en el Cuerno y el clima confortante y tibio
del salto es compartir la gloria con los
ángeles.
Autor de los textos: Jesús Alejo
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